Por: Reynalda Chaverra Mena – Fiscal Sindicato UTRASD

En el 2008 llegué a la ciudad de Medellín por el conflicto armado. Fue un 15 de julio. Una amiga, me había recomendado a la señora Diana Leticia Muñoz para laborar interna en su casa. Hicimos un contrato verbal y todo marchaba muy bien.

Yo era la trabajadora estrella. Todo lo que yo hacía para ella era perfecto, de hecho, era buena patrona, era amplia y me trataba muy bien. Un domingo cualquiera, se me accidentó mi hija, se quemó con agua de panela caliente.

La quemadura fue de tercer grado. Yo, antes de llevar a mi niña a la clínica, llamé primero a mi patrona para informarle el inconveniente que se me había presentado. Ella se puso muy furiosa cuando le dije que no podía ir ese domingo y discutimos por el teléfono. Yo, sin dudar, escogí a mi hija en vez de ir al trabajo.

Al lunes la llamé para decirle que me diera dos días más para poder irme para el trabajo y me contestó que hiciera lo que me diera la gana, que si yo iba, que fuera por mis cosas, pero que yo había dejado el trabajo tirado. Yo le contesté que yo no había abandonado el trabajo, que yo había tenido era una calamidad doméstica y que por eso ella no me podía despedir.

Pero como ella insistía que era abandono de trabajo, yo le dije que iba a demandar. Cuando le dije eso, ella me respondió que si yo la demandaba, era su palabra contra la mía, porque el juez le iba a creer más a ella. Que si ella quería me acusaba de ladrona. Yo me llené de rabia y más rápido acudí al Ministerio del Trabajo y expliqué mi caso ante un abogado y se entabló la demanda. La única que salió perdiendo, porque yo con ella solo llevaba 7 meses y la indemnización normal le habría costado poco dinero, pero como fue por demanda, la suma fue mayor.

Cuando ella vio que si hubiera reaccionado bien no habría tenido que pagar toda esa plata, la señora me llamó, me suplicó que conciliáramos y como yo era consciente que con el poco tiempo que yo llevaba con ella no le correspondía pagar toda esa plata acepté la conciliación y eso me marcó.

Desde ahí aprendí a no confiar en nadie, sino en mí misma y en Dios. Por eso, cada vez que voy a una casa a prestar un servicio, antes de abandonar el lugar muestro mi bolso para que me requisen, así me den mucha confianza, no me confío.

Es por eso que hoy por hoy estoy en la lucha a favor de las mujeres empleadas domésticas, porque nuestras familias también son de carne y hueso.

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